Gobernanza Demográfica
La longevidad es femenina y eso transformará la economía
Según Mauro F. Guillén, hacia 2030 las mujeres podrían controlar más de la mitad de la riqueza mundial, y eso cambia quién decide y en qué se invierte. Las mujeres tienden a destinar más recursos a educación, salud y seguros, rubros cuyos beneficios llegan a largo plazo y alcanzan a varias generaciones. En una sociedad cada vez más longeva, ese giro puede ayudar a orientar más decisiones económicas hacia el largo plazo.

Durante décadas, gran parte de la riqueza, la inversión y las decisiones económicas estuvieron concentradas en manos masculinas. Ese equilibrio está cambiando y, con él, puede cambiar también la forma en que se asignan los recursos y se definen prioridades económicas.
En su libro 2030: How Today’s Biggest Trends Will Collide and Reshape the Future of Everything, Mauro F. Guillén identifica el crecimiento del poder económico femenino como una de las grandes transformaciones de esta década. Su proyección era que hacia 2030 las mujeres llegarían a controlar más de la mitad de la riqueza mundial. El dato es relevante no sólo por su magnitud, sino por lo que implica en términos de capacidad de decisión: mayor patrimonio significa también mayor influencia sobre el consumo, el ahorro, la inversión, la protección financiera y la forma en que se administran los riesgos.
Más riqueza en manos de mujeres cambia la estructura del poder económico
El crecimiento del poder económico femenino no debería leerse únicamente como una redistribución cuantitativa de la riqueza. También supone una modificación en quién decide sobre esa riqueza y, por lo tanto, en qué necesidades, industrias y objetivos pueden ganar peso.
Guillén señala que existen diferencias en los patrones de consumo y de asignación de recursos. En términos generales, observa una mayor propensión de las mujeres a destinar recursos a educación, salud y seguros. Si esa tendencia se combina con una participación creciente en el patrimonio, el emprendimiento y el liderazgo empresarial, el impacto puede extenderse mucho más allá de las decisiones individuales.
No cambia solamente quién controla el dinero. También puede cambiar el destino de ese dinero y, con ello, la relevancia de determinados mercados y servicios.
Del consumo inmediato a las decisiones de largo plazo
Hay un aspecto especialmente interesante en los sectores que Guillén identifica. Educación, salud, prevención, seguros y protección financiera tienen algo en común: muchas veces sus beneficios no se ven de manera inmediata.
Invertir en educación significa construir capacidades cuyo retorno puede extenderse durante décadas. Invertir en salud o prevención supone actuar hoy para reducir riesgos futuros. Contratar un seguro implica anticiparse a una contingencia que todavía no ocurrió. Ahorrar requiere resignar consumo presente para generar seguridad futura.
Guillén no plantea de manera explícita que las mujeres tengan necesariamente una visión más orientada al largo plazo, y sería una simplificación afirmar eso. Sin embargo, sí aparece una conexión relevante: algunos de los rubros hacia los que las mujeres tienden a orientar una mayor proporción de sus recursos son, por naturaleza, inversiones con horizontes temporales más extensos.
Esto adquiere una importancia particular en un contexto en el que la economía, las empresas y las políticas públicas están obligadas a pensar cada vez más allá del corto plazo.
Decisiones que atraviesan generaciones
El impacto de estas decisiones tampoco termina necesariamente en la persona que las toma. Buena parte de los recursos destinados a salud, educación, protección o ahorro tiene efectos sobre el conjunto de la familia y puede alcanzar a varias generaciones.
Una decisión sobre educación puede afectar las oportunidades futuras de los hijos. Una decisión sobre ahorro o seguros puede proteger a una pareja o a una familia frente a determinados riesgos. Una inversión en salud puede reducir necesidades de cuidado futuras. En sociedades donde conviven durante más tiempo hijos, padres, abuelos y hasta bisabuelos, estas decisiones adquieren una dimensión cada vez más intergeneracional.
El crecimiento del poder económico femenino puede, por lo tanto, tener un efecto multiplicador. No se limita a modificar el bienestar de quien administra los recursos, sino que puede influir sobre la seguridad y las oportunidades de toda una red familiar.
Del hogar a los mercados y las organizaciones
Guillén también anticipa un crecimiento de la presencia femenina en el emprendimiento, el liderazgo y la propiedad de empresas. Eso implica que estos patrones de decisión pueden trasladarse progresivamente desde el ámbito doméstico hacia las organizaciones y los mercados.
A medida que aumenta la participación de las mujeres en posiciones de decisión, sus preferencias y prioridades pueden influir sobre qué productos se diseñan, qué servicios se desarrollan, qué riesgos se cubren y qué necesidades reciben mayor atención. Salud, educación, seguros y servicios financieros son algunos de los sectores en los que esta transformación puede resultar especialmente visible.
Por eso, el cambio no debería analizarse solamente desde una perspectiva de igualdad o participación. También tiene una dimensión económica: una modificación profunda en quién controla la riqueza puede terminar alterando la dirección de la innovación y el crecimiento de industrias enteras.
La conexión con la longevidad
Esta transformación se vuelve todavía más significativa cuando la analizamos desde la longevidad. Vivir más años obliga a extender casi todas nuestras agendas económicas y personales. Las personas deberán financiar períodos de retiro más prolongados, sostener la salud durante más décadas, actualizar conocimientos varias veces a lo largo de su vida y prepararse para convivir con más generaciones al mismo tiempo.
En ese escenario, educación, prevención, ahorro, seguros y protección financiera dejan de ser decisiones secundarias. Se convierten en parte de la infraestructura necesaria para sostener vidas que pueden extenderse hasta los 90 o 100 años.
Por eso, el aumento del poder económico femenino puede tener una relevancia particular en una sociedad longeva. Las mujeres no sólo viven, en promedio, más años. También tendrán una participación creciente en las decisiones económicas que determinarán cómo se financian, protegen y organizan esas vidas más largas.
En una economía acostumbrada a medir resultados en meses o trimestres, la longevidad obliga a pensar en horizontes mucho más extensos. Y el cambio en quién controla la riqueza puede convertirse en una de las fuerzas que ayuden a desplazar parte de esas decisiones hacia el largo plazo.
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