Inteligencia Demográfica
La longevidad: ¿la última frontera?
¿Existe un límite para la vida humana? Aunque la esperanza de vida se ha más que duplicado en los últimos siglos, la longevidad máxima sigue siendo un interrogante. Rafael Rofman analiza los avances científicos, los límites biológicos y los desafíos de sociedades cada vez más longevas. Una reflexión que plantea una cuestión fundamental: el verdadero desafío no es solamente vivir más años, sino extender la autonomía y la calidad de vida.

El 4 de agosto de 1997 se registró un record que aún no logramos superar. Ese día, en Arlés, Francia, Jeanne Calment falleció a los 122 años y 164 días. Calment es la persona que, por lo que sabemos en base a registros confiables, más tiempo ha vivido en la historia de la humanidad. Antes y después de Calment han ocurrido casos de alta longevidad, aunque nadie superó los 120 años.
En los últimos 250 años los seres humanos hemos tenido el mayor progreso social y económico de la historia. Hay muchos indicadores posibles para reflejar esto (ingreso per cápita, acceso a educación, pobreza estructural…) pero uno se destaca por su capacidad de sintetizar el efecto de todos los avances logrados: la expectativa de vida. Hasta mediados del siglo XVIII, la expectativa de vida al nacer (o, lo que es aproximadamente igual, la edad promedio a la que moríamos) era de unos 30 años en todo el mundo. Hoy superamos los 70, con países por encima de los 80 años. Vivimos más porque vivimos mejor, porque nos alimentamos mejor, porque nos cuidamos mejor y porque tenemos mejor medicina accesible a una proporción cada vez mayor de la población.
Las dos batallas de la mortalidad temprana: la transición epidemiológica y los desafíos que esta implica.
Por supuesto, la expectativa de vida al nacer es un promedio. Siempre hubo niños que fallecían a las pocas horas o días de nacer, y siempre hubo personas que vivieron muchas décadas. Los demógrafos solemos representar esto en un gráfico llamado “curva de sobrevivencia”, que muestra que porcentaje de la población alcanza cada edad. Históricamente, estas curvas tenían una forma de “L”. Descendían muy rápidamente en los primeros años de vida (apenas un 50% de los niños alcanzaba a cumplir los 5 años) y luego continuaba bajando lentamente hasta llegar a la muerte del último sobreviviente. Con la transición demográfica hemos logrado, en relativamente poco tiempo, invertir esa “L”: ahora la mayoría de la población alcanza edades avanzadas, pero las tasas de mortalidad comienzan a aumentar rápidamente a los 70 u 80 años y somos muy pocos los que superamos los 100 años. El cambio ha sido dramático y se representa con claridad en el gráfico. Antes de iniciarse la transición, cerca de un 50% de los varones franceses morían antes de los 5 años, otro 30% entre los 5 y los 55 y apenas un 2% superaban los 80 años. Entre las mujeres japonesas de la actualidad el 96% alcanza los 60 años y el 80% los 80, pero luego la mortalidad se acelera y sólo un 10% llega a los 100 años de edad.
Dos ejemplos de curvas de sobrevivencia: Los varones franceses a mediados del siglo XVIII y las mujeres japonesas en la actualidad

La reducción de la mortalidad temprana ha sido el resultado de los avances sobre las enfermedades infecciosas y transmisibles, que eran la principal causa de muerte entre la población joven. Esta batalla no está ganada en todo el mundo, pero sabemos cómo hacerlo. El conocimiento y la tecnología para evitar muertes por sarampión, diarreas infantiles o desnutrición están disponibles y cuando no los aplicamos es por incapacidad de los responsables de gestionar las políticas públicas, no por no saber que hacer. En cambio, reducir la mortalidad de la población adulta mayor parece una misión más compleja. La mayoría de esas muertes se deben a enfermedades crónicas y degenerativas para las que generalmente no tenemos “curas” definitivas pero sí tratamientos que reducen su impacto sobre la calidad de vida y, además, se trata de enfermedades que suelen presentarse en conjunto y en muchos casos evitar la muerte por una causa solo resulta en el fallecimiento por otra. Al mismo tiempo, los tratamientos de estas enfermedades suelen ser muy costosos y, por ello, difíciles de ofrecer en forma universal.
El avance en reducir las tasas de mortalidad ha sido muy importante, y es esperable que continúe llevando cada vez más la forma de la curva de sobrevivencia a una “L” invertida. Si sabemos que hacer (y lo logramos!) para que la enorme mayoría de las mujeres japonesas vivan hasta los 80 años, no hay razones para suponer que no lograremos lo mismo en el resto del mundo, es sólo cuestión de aplicar políticas ya probadas sobre nutrición, prevención y medicina.
La longevidad máxima
Sin embargo, existe una segunda dimensión del debate para la que no tenemos una respuesta muy clara. El camino para que todos nos aproximemos a una duración de la vida similar a la de Jeanne Calment es claro. Pero, es posible ir más allá? A pesar de haber más que duplicado la expectativa de vida global desde el siglo XVIII, el avance en la longevidad máxima ha sido mucho más modesto. La mortalidad entre los “supercentenarios” (población de 110 años y más) no parece estar descendiendo en forma significativa. Cada vez más humanos alcanzamos los 110 años, pero el número que los supera no ha aumentado en forma significativa. En otras palabras: es claro que estamos logrando “comprimir la mortalidad” en las edades mayores, pero es menos claro que estemos logrando incrementar el límite máximo de longevidad.
El debate sobre si existe un techo biológico que será insuperable o si es posible aumentar nuestra expectativa de vida en forma ilimitada es importante entre los expertos, con tres grupos identificables. Los más pesimistas entienden que la biología determina un límite infranqueable, por lo que es esperable que continúen las reducciones en mortalidad en edades jóvenes y adultas, pero difícilmente se modifiquen demasiado en las edades más altas. Un segundo grupo, con una visión más optimista, ha señalado que quienes argumentan que existen límites, prediciendo un nivel máximo de la expectativa de vida, han sido desmentidos una y otra vez por la realidad. Su principal argumento es que suponer un límite absoluto no parece ser razonable (dado que Jeanne Calment vivió 122 años y 164 días, ¿por qué deberíamos suponer que nadie puede vivir 122 años y 165 días? Y si es así, ¿por qué no 122 años y 166 días? y así sucesivamente). Si el límite no existe, la longevidad extrema es una cuestión de probabilidad, y cuantos más humanos alcanzamos edades altas más probable será que la superemos.
Finalmente, el tercer grupo en el debate es el que integran los “tecno-optimistas”, que creen que el envejecimiento debe ser considerado una enfermedad tratable, fundamentalmente mediante terapia genética. Aunque estos han mostrado logros importantes en laboratorios, los resultados no se han traducido a efectos concretos sobre poblaciones humanas, y un debate adicional es si el alto costo que este tipo de terapias tendrían las harían prohibitivas para la mayoría de la población.
Más allá del récord: envejecer más tarde, envejecer mejor
Mientras los expertos en biotecnología discute la viabilidad de llegar a los 150 años, los demógrafos estamos observando un fenómeno más inmediato: las personas no solo viven más tiempo, sino que envejecen más tarde. La postergación de la fragilidad física y cognitiva ha hecho que los 70 años de hoy equivalgan a edades mucho más jóvenes del pasado. Por eso, el reto fundamental de las políticas públicas no reside en la búsqueda de la inmortalidad, sino en asegurar que la extensión de la vida que estamos logrando sea acompañada por una extensión de la capacidad funcional y la autonomía de las personas. Lograr que la compresión de la mortalidad sea acompañada por la compresión de la morbilidad es, en última instancia, el verdadero triunfo de nuestra lucha por la longevidad, cuando no solo envejezcamos más tarde, sino que lo hagamos mejor.
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