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Demografía

Hacernos ricos antes de hacernos viejos: el secreto de la productividad

julio de 20265 min de lectura
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El envejecimiento no es el principal problema económico de Argentina: el verdadero desafío es la baja productividad. Rafael Rofman sostiene que el país todavía atraviesa una ventana demográfica única —el bono demográfico— que ofrece la oportunidad de invertir más, mejorar la educación, aumentar la productividad y generar la riqueza necesaria para sostener una sociedad más longeva. El tiempo es limitado: si no se aprovecha ahora, el envejecimiento encontrará al país con una economía menos preparada.

Hacernos ricos antes de hacernos viejos: el secreto de la productividad

El cambio demográfico que estamos viviendo tiene muchos impactos sobre nuestra vida, actual y futura. Uno de los más importantes es el bono demográfico. Estamos en un momento único. El bono demográfico ocurre cuando, debido al descenso de la fecundidad, la proporción de niños disminuye, pero la de adultos mayores aún no está creciendo muy rápidamente, dejando a la población en edad de trabajar en su punto máximo relativo.

Es la oportunidad de oro porque es posible generar excedentes entre lo que producimos y consumimos que sostengan un nivel de inversión alto en nuestra economía, tanto en capital físico como capital humano. Si aprovechamos el bono, podemos entrar en un sendero de crecimiento sostenido fundamental para cerrar la brecha con los países más desarrollados.

En Argentina, este bono comenzó alrededor de 1990 y se estima que desaparecerá en los próximos veinte o treinta años. Hoy tenemos menos de siete personas en edades inactivas por cada diez en edad de trabajar, muy por debajo de los 9 de principios de este siglo y los 11 que habrá en algunas décadas. Si no aprovechamos este respiro para aumentar la inversión y la productividad, el envejecimiento pasará de ser un éxito a una carga económica insoportable.

La receta es clara pero difícil: aumentar la productividad laboral, que en Argentina se ha estancado por décadas. La productividad depende del capital físico (infraestructura, energía, equipamiento en empresas) y del capital humano (fundamentalmente educación). Hoy, cada joven argentino termina su formación con habilidades que equivalen a apenas 8,7 años efectivos de aprendizaje, muy lejos de los 13,9 de los países más exitosos, como Singapur. Con menos alumnos en las aulas debido a la baja natalidad, el Estado tiene la oportunidad histórica de dejar de preocuparse por expandir el sistema y concentrarse en mejorar la calidad y los resultados.

También necesitamos aumentar la inversión, para que esos trabajadores mejor preparados tengan las herramientas necesarias para producir más. Argentina ha tenido tasas de ahorro e inversión muy por debajo de la de países de altos ingresos e incluso que la del promedio de América Latina durante décadas, lo que implica menos productividad y menos riqueza.

Además, el mercado laboral debe adaptarse. Una fuerza de trabajo más vieja puede ser menos innovadora, pero también más experimentada. El secreto para sostener el bienestar no es tener más trabajadores, sino que los que hay produzcan más bienes y servicios por persona. Parafraseando a un consultor norteamericano, en la discusión sobre envejecimiento y perspectivas económicas, "¡es la productividad, estúpido!". Necesitamos generar un círculo virtuoso donde la mayor riqueza per cápita permita aumentar la inversión y, al mismo tiempo, financiar los sistemas de salud y previsión del futuro.

El reloj corre y nuestro futuro depende de cuán productivos sepamos ser hoy. Así como las personas, las sociedades necesitan hacerse ricas antes de hacerse viejas. Debemos entender que la demografía nos ha dado una ventaja temporal que no se repetirá: es ahora o nunca.

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