Arquitectura Financiera
Reforma previsional: necesitamos discutir un sistema de longevidad para el siglo XXI

Cada vez que se habla de sistemas jubilatorios aparece la misma discusión: si hay que aumentar o no la edad de retiro. Es una conversación políticamente incómoda, socialmente sensible y que suele generar reacciones inmediatas. Sin embargo, detrás de esa discusión existe una pregunta mucho más importante que rara vez se plantea. ¿Tiene sentido seguir organizando el retiro con reglas diseñadas para una realidad demográfica que ya no existe?
Los problemas que enfrentan los sistemas previsionales no son exclusivos de un país. Desde Europa hasta América Latina, gobiernos de distintos signos políticos enfrentan una misma tensión: nacen menos personas, aumenta la expectativa de vida y cada vez hay más años de prestaciones que financiar. A esto se suman desafíos adicionales, especialmente en nuestra región, como la informalidad laboral, la baja densidad de aportes y trayectorias laborales cada vez más fragmentadas. La crisis previsional no es un problema financiero; es la consecuencia de un cambio demográfico que transformó las reglas del juego.
Durante gran parte del siglo XX, los sistemas jubilatorios fueron diseñados para sociedades donde las personas vivían mucho menos tiempo. La lógica era relativamente simple: una etapa de educación, una larga vida laboral y un período de retiro relativamente corto. Hoy la realidad es diferente. Millones de personas llegan a los 60 o 65 años con décadas de vida por delante. En muchos casos gozan de buena salud, tienen capacidad para seguir trabajando y desean continuar participando activamente en la economía y en la sociedad. Seguimos utilizando instituciones del siglo pasado para administrar vidas propias del siglo XXI.
Hace unos días, durante una visita al Canal de Panamá, escuché una explicación que resume perfectamente este desafío. Cuando fue inaugurado, el canal representó una de las mayores innovaciones de ingeniería de su tiempo. Sin embargo, con el paso de las décadas, los barcos crecieron, el comercio global cambió y aquella infraestructura dejó de responder a las nuevas necesidades. La solución no fue cerrar el canal ni negar la realidad. La solución fue invertir, ampliarlo y adaptarlo para construir un canal preparado para el siglo XXI. El problema no era el canal. El problema era que el mundo había cambiado.
Algo similar ocurre con nuestros sistemas de retiro. La pregunta no debería ser únicamente cómo financiamos más años de jubilación. También deberíamos preguntarnos cómo construimos sociedades preparadas para vidas más largas. Porque aumentar la edad jubilatoria, por sí solo, no resuelve nada si las personas dejan de ser contratadas a los 50 años, si enfrentan barreras para actualizar sus habilidades o si el mercado laboral continúa expulsando talento por motivos de edad. Extender la edad de retiro sin extender la empleabilidad es simplemente trasladar el problema de un lugar a otro.
Por eso, la conversación pendiente va mucho más allá de las jubilaciones. Implica hablar de educación financiera y ahorro de largo plazo. Implica diseñar sistemas que ayuden a las personas a prepararse para trayectorias laborales más extensas y menos lineales. Implica promover el aprendizaje continuo, combatir el edadismo en las organizaciones y generar entornos que permitan trabajar durante más tiempo de manera saludable y productiva. También implica reconocer que las mujeres enfrentan desafíos particulares, ya que suelen vivir más años, interrumpen con mayor frecuencia sus carreras laborales para asumir tareas de cuidado y, en consecuencia, muchas veces llegan a la vejez con menor acumulación de recursos.
La discusión sobre la edad jubilatoria seguirá siendo necesaria. Pero concentrar todo el debate en ese punto es como discutir el tamaño de una compuerta cuando lo que necesita modernizarse es el canal completo. La verdadera pregunta no es a qué edad deberían jubilarse las personas. La verdadera pregunta es cómo diseñamos una sociedad preparada para que quienes quieran y necesiten seguir trabajando puedan hacerlo en condiciones dignas, productivas y sostenibles.
La longevidad es uno de los mayores logros de la humanidad. Sin embargo, seguimos intentando administrarla con estructuras pensadas para otro tiempo. Tal vez la conversación que nadie quiere tener sea justamente la más urgente: no cómo reformamos un sistema jubilatorio, sino cómo construimos un sistema de longevidad capaz de responder a las realidades del siglo XXI. Porque el mundo ya cambió. Y nuestras instituciones tendrán que hacerlo también.