Inteligencia Demográfica
En Argentina, la fecundidad cayó a 1,2 hijos por mujer: ¿qué pueden hacer las empresas?
En Argentina, la fecundidad cayó a 1,2 hijos por mujer, pero el 57% de las personas de 18 a 45 años desea o hubiera deseado tener más hijos. La brecha no parece estar solo en el deseo, sino también en las condiciones económicas, laborales y de cuidado. En Montevideo, The Shift y UNFPA avanzaron en una alianza regional para llevar esta agenda al sector privado y pensar qué barreras pueden ayudar a remover las organizaciones.

La primera reacción frente a estos números suele ser concluir que las nuevas generaciones simplemente ya no quieren tener hijos. Sin embargo, cuando dejamos de mirar solamente cuántos niños nacen y empezamos a preguntarles a las personas qué desean para sus vidas, aparece una realidad bastante más compleja. Y también mucho más interesante para pensar qué respuestas necesitamos construir.
Un estudio realizado por Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA) Argentina sobre las motivaciones y barreras que enfrentan las personas a la hora de decidir tener hijos encontró que el 57% de las personas de entre 18 y 45 años desea o hubiera deseado tener más hijos de los que tiene. Para el 34%, el número ideal son dos hijos. Entre quienes tienen entre 18 y 24 años, siete de cada diez todavía no alcanzaron la cantidad de hijos que dicen querer tener. Lo significativo es que esa distancia entre lo deseado y lo efectivamente realizado no desaparece completamente en las edades siguientes, sino que continúa en niveles relevantes hasta los 45 años.
Esto cambia bastante la conversación. La pregunta deja de ser solamente por qué las personas no quieren tener hijos y pasa a ser por qué muchas personas no pueden tener la cantidad de hijos que quisieran tener.
Las respuestas permiten entender mejor esa distancia. Según el relevamiento, el 62% de los motivos por los cuales las personas tienen menos hijos de los deseados está asociado a barreras económicas. La estabilidad laboral, la seguridad económica y la posibilidad de acceder a una vivienda aparecen como condiciones importantes a la hora de tomar una decisión que tiene consecuencias durante décadas. En un contexto de incertidumbre, formar o ampliar una familia puede transformarse en una decisión difícil de concretar, aun cuando exista el deseo.
Pero sería un error reducir el fenómeno exclusivamente al dinero. También pesan la dificultad para compatibilizar la crianza con el trabajo, la falta de tiempo y energía, la organización cotidiana de los cuidados y las dificultades de acceso a servicios que permitan sostener esa nueva etapa de la vida. Tener hijos no sucede por fuera del resto de nuestra vida: sucede mientras trabajamos, construimos una carrera, pagamos una vivienda, cuidamos a otras personas y tratamos de sostener nuestro propio bienestar.
La distribución de los cuidados agrega otra dimensión. Más del 60% de las mujeres se reconoce como principal responsable de tareas vinculadas con la crianza, la limpieza o el cuidado cuando alguien se enferma, mientras que los varones se adjudican con mayor frecuencia un rol principal en actividades recreativas. Por eso, hablar de natalidad también obliga a hablar de cómo distribuimos el tiempo, las responsabilidades y las oportunidades dentro y fuera de los hogares.
Hay otro dato que ayuda a poner en perspectiva la discusión: el 64% de las personas considera que tener hijos es una de las mejores experiencias que una persona puede atravesar y, para ocho de cada diez, la familia continúa siendo uno de los aspectos más importantes de su vida. Es decir, detrás de la caída de la fecundidad no necesariamente encontramos una sociedad que dejó de valorar la familia. Encontramos, en muchos casos, una distancia entre la vida que las personas imaginan y aquella que sienten que pueden construir.
Y es justamente en esa distancia donde creo que aparece una conversación que hasta ahora hemos pensado poco desde las organizaciones.
¿Qué tienen que ver las empresas?
Las empresas no tienen que convencer a nadie de tener hijos. La decisión de formar una familia, cuándo hacerlo y de qué manera pertenece exclusivamente a cada persona. Tampoco deberíamos transformar la caída de la natalidad en una discusión sobre cómo modificar decisiones individuales para alcanzar determinada cifra demográfica.
Pero entre decidir por las personas y preguntarnos qué condiciones podemos generar para que tengan mayor libertad para construir la vida que desean existe una diferencia enorme. Y ahí el sector privado sí tiene un rol.
La estabilidad y previsibilidad laboral, las licencias, la flexibilidad, la organización del tiempo de trabajo, las políticas de cuidado, los beneficios, el acompañamiento financiero, el acceso a herramientas de salud y una cultura que no convierta la maternidad o la paternidad en una penalidad profesional forman parte de las condiciones que rodean las decisiones familiares.
Incluso algunas políticas que solemos pensar exclusivamente como iniciativas de talento o bienestar adquieren otra dimensión cuando las observamos a través de una lente demográfica. ¿Qué ocurre con una mujer cuando vuelve de una licencia? ¿Qué impacto tiene la maternidad sobre sus posibilidades de desarrollo? ¿Los varones tienen condiciones reales —y culturales— para asumir una proporción mayor de los cuidados? ¿Qué sucede con quienes, además de criar hijos, empiezan a cuidar a padres que viven cada vez más años? ¿Estamos diseñando carreras compatibles con vidas que tienen cada vez más etapas y responsabilidades?
La discusión sobre natalidad, entonces, puede convertirse en una puerta de entrada a una conversación mucho más amplia sobre cómo estamos diseñando el trabajo frente a una nueva realidad demográfica.
Una agenda que necesita al sector privado
Hace pocos días participé en Montevideo de un encuentro que considero especialmente significativo por este motivo: el primer foro regional impulsado por UNFPA para trabajar la agenda demográfica junto con el sector privado. Que esta conversación empiece a incorporar de manera sistemática a las empresas no es un dato menor.
Durante mucho tiempo pensamos la demografía principalmente como un asunto de gobiernos, estadísticas poblacionales, sistemas previsionales o políticas públicas. Pero el cambio demográfico está modificando también la disponibilidad futura de talento, la composición de las fuerzas laborales, las necesidades de cuidado, los mercados, los patrones de consumo, la salud y la manera en que tendremos que financiar vidas más largas.
Por eso, en el marco del encuentro de Montevideo, THE SHIFT y UNFPA avanzamos en un acuerdo regional de colaboración con un objetivo compartido: acercar esta agenda al sector privado y generar conocimiento, herramientas y espacios de trabajo que permitan transformar los datos demográficos en decisiones.
La caída de la natalidad es una de las señales más visibles, pero no ocurre de manera aislada. Al mismo tiempo vivimos más años, cambia la estructura de las familias, conviven más generaciones, se modifican las trayectorias laborales y la tecnología transforma las capacidades que necesitan las organizaciones. Son fenómenos que solemos analizar por separado, aunque en realidad forman parte de una misma transformación.
Y probablemente ahí esté una de las mayores oportunidades de esta alianza: construir un puente entre la evidencia demográfica y las decisiones que toman todos los días las organizaciones.
Los datos de Argentina ofrecen un buen ejemplo. Saber que la fecundidad llegó a 1,2 es importante. Entender que el 57% hubiera querido o quiere tener más hijos nos permite hacer una pregunta diferente. Saber que una parte significativa de la brecha está relacionada con barreras económicas, laborales y de cuidado nos permite empezar a pensar dónde podemos actuar.
No para prometer que una política corporativa va a revertir una tendencia demográfica que es compleja y multicausal. Tampoco para trasladar a las empresas una responsabilidad que corresponde a múltiples actores. Sino para reconocer que el lugar donde trabajamos también forma parte de las condiciones desde las cuales construimos nuestras vidas.
La nueva agenda demográfica necesita políticas públicas, pero también necesita empresas, academia, organismos internacionales y sociedad civil. Necesita datos, experimentación y nuevas respuestas. Sobre todo, necesita abandonar la discusión simplificada acerca de si las personas quieren o no quieren tener hijos y empezar a mirar qué está ocurriendo entre sus deseos y sus posibilidades.
Porque quizás una de las preguntas más interesantes frente a la caída de la natalidad no sea cómo hacemos para que nazcan más niños, sino algo bastante diferente: ¿qué podemos hacer para que las personas tengan más posibilidades de construir la vida y la familia que desean?
Ese cambio de pregunta también es parte del SHIFT.
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